Foto: cortesía María Camila Arango

Hay formas de amor que no llegan envueltas en flores, que no necesitan una cena romántica ni esperan una fecha especial para manifestarse. A veces, el amor cabe en un vaso de aguapanela caliente, en un sánduche preparado en casa, en una camiseta que alguien decidió donar o, simplemente, en unos minutos de conversación con una persona que necesita ser escuchada.

En las calles de Guayabal y el barrio Antioquia, ese amor tiene nombres, rostros e historias. Una vez al mes, un grupo de voluntarios sale a recorrer estos sectores de Medellín llevando alimento a personas en situación de calle. Pero lo que ocurre durante esas noches va mucho más allá de entregar algo para comer.

La iniciativa hace parte de “La Nave de los Sueños”, una fundación nacida hace once años en la Comuna 15 de Medellín y dedicada al acompañamiento de personas mayores y habitantes en situación de calle. Ocasionalmente también desarrolla actividades con niños. Entre sus voluntariados se encuentra Aguapanela con Amor, un recorrido que se realiza el primer miércoles de cada mes y que hoy lidera María Camila Arango.

Foto: cortesía María Camila Arango

Tiene apenas 21 años, es comunicadora social y periodista y, aunque su juventud podría hacer pensar que acaba de llegar al mundo del voluntariado, lleva once años vinculada a la Fundación. En los últimos dos, asumió el liderazgo de las aguapaneladas y comenzó a imprimirles una mirada particular: quería que la experiencia también transformara a quienes decidieran acompañarlos.

Por eso, cada recorrido tiene un sentido. Algunas noches han hablado sobre el rechazo que enfrentan quienes viven en la calle; en otras han reflexionado sobre la luz, la oscuridad y esa manera casi automática en que la ciudad termina haciendo invisibles a algunas personas. También han celebrado el Día de la Madre y el Día del Padre. Incluso han llevado torta, bombas y regalos para festejar cumpleaños.

Fue lo que ocurrió recientemente con dos hombres que, después de tantos encuentros, dejaron de ser desconocidos para convertirse en amigos de la Fundación. Uno de ellos es conocido como “el Caleño”. Para su cumpleaños hubo torta, bombas y una gorra de regalo. Sin embargo, aquella noche terminó revelando algo mucho más profundo. El Caleño estaba triste. Su perrita había muerto.

Foto: María Camila Arango

En medio de la celebración lloró y contó lo ocurrido. Después hizo una petición sencilla: si sabían de algún perro que estuviera en adopción, que le avisaran.

Para María Camila, momentos como ese explican mejor que cualquier definición lo que realmente buscan con Aguapanela con Amor. No pretenden llegar a la calle para señalar, juzgar o imponerles a las personas un camino. Tampoco quieren que cada encuentro se convierta necesariamente en un discurso sobre rehabilitación.

“Nosotros estamos ahí para decirles: los queremos, los respetamos, los apoyamos en lo que necesiten”, explica.

Y estar puede significar algo aparentemente pequeño: sentarse en un andén y escuchar.

Porque detrás de la expresión “habitante de calle”, repetida tantas veces que a veces termina deshumanizando, existe una persona. Alguien que tuvo una familia, amores, pérdidas, decisiones, heridas, sueños y circunstancias que lo llevaron hasta allí.

María Camila lo ha comprobado durante años. Algunos de los habitantes del sector conocen su casa, tienen el contacto de la Fundación y saben que pueden acudir a ellos cuando necesitan apoyo. Con varios ha construido una relación que ella no duda en llamar amistad.

“Hay muchos habitantes de calle con los que llevo conviviendo mucho tiempo. Para mí son mis amigos y yo les tengo mucho cariño y mucho respeto”.

Foto: Cortesía Maria Camila Arango 

Quizás allí esté una de las diferencias fundamentales de este voluntariado. Durante el recorrido se entregan panes, aguapanela, ropa, camisetas, buzos y otras prendas que resultan necesarias para quienes pasan sus días y noches a la intemperie. Sin embargo, ninguna de esas cosas reemplaza una conversación, una mirada sin prevención, un abrazo o la posibilidad de sentirse reconocido.

El grupo base está conformado por cerca de siete voluntarios que cada mes distribuyen las responsabilidades. Alguien prepara los sánduches, otro se encarga de la aguapanela y otros organizan lo necesario para salir. Alrededor de treinta personas hacen parte del grupo mediante el cual se convocan y coordinan las actividades, y cualquier persona interesada puede vincularse. Han participado jóvenes, adultos mayores, madres con sus hijos e incluso personas que realizan el recorrido acompañadas de sus mascotas.

Los recursos provienen de diferentes fuentes: donaciones ocasionales o periódicas, aportes mensuales de los socios de la Fundación y recursos obtenidos a través de concursos e iniciativas institucionales.

La labor también ha comenzado a tender puentes con la institucionalidad. Recientemente, la Secretaría de Inclusión Social de Medellín acompañó uno de los recorridos después de contactar a la Fundación para conocer su trabajo. Esa relación permite que, cuando una persona manifiesta voluntariamente que quiere iniciar un proceso de rehabilitación o acceder a los servicios disponibles, exista una ruta para orientarla.

Foto: Cortesía Maria Camila Arango

Es un complemento importante porque La Nave de los Sueños ha construido durante años algo que no aparece en formularios ni estadísticas: confianza.

El conocimiento del territorio también resulta fundamental. Los integrantes de la Fundación viven en Guayabal, conocen sus dinámicas y han desarrollado su trabajo allí durante años. Esa cercanía les permite moverse por sectores complejos con el reconocimiento de la comunidad y ofrecer mayor tranquilidad a quienes llegan por primera vez como voluntarios. Si en algún momento amplían sus recorridos hacia otros lugares de Medellín, esperan hacerlo de la mano de personas que vivan y conozcan esos territorios.

Pero las noches en la calle también dejan huella.

Después de algunas aguapaneladas, María Camila regresa a casa profundamente conmovida. Durante unas horas ha escuchado historias de personas que duermen en el suelo, que deben permanecer alerta durante la noche y que no siempre saben cuándo volverán a comer.

Entonces aparece inevitablemente una comparación.

Ella puede regresar a casa.

Ellos se quedan.

“Yo solo lo vivo una vez al mes, en una noche, pero ellos lo tienen que vivir todos los días, todo el día y toda la noche”, reconoce.

Tal vez por eso, cuando se le pregunta qué es lo mejor de este trabajo, no necesita pensarlo demasiado.

Las personas.

Un “Dios le pague”, una mano extendida, alguien que la mira a los ojos o un abrazo inesperado son suficientes para recordarle por qué continúa regresando. Y su profesión también aparece inevitablemente en esos encuentros. Como comunicadora y periodista sabe que detrás de cada persona existe una historia esperando ser escuchada.

“Sentarse diez minutos a conversar con una persona en situación de calle es conocer una novela prácticamente”, dice.

Una novela que muchas veces es dolorosa, compleja y difícil, pero profundamente humana.

En una ciudad acostumbrada a caminar deprisa, quizá uno de los mayores gestos de amor sea precisamente detenerse.

Quizás podamos entender algún día que el amor no siempre se parece a aquello que nos enseñaron a celebrar en septiembre.

A veces no tiene rosas.

No tiene chocolates.

Ni siquiera necesita palabras bonitas.

A veces el amor camina de noche por las calles de Medellín, lleva una aguapanela entre las manos, se sienta un rato en un andén y pregunta algo tan sencillo como:

¿Cómo estás?