Foto: Revista La Eterna Primavera 

Desde Itagüí, un joven artista transforma la tradición recibida de su padre en una voz propia, en la que convergen la improvisación, el humor, la escritura y el teatro.

La historia de Juan Pablo Penagos Ruiz comienza en Itagüí, Antioquia, donde nació el 2 de febrero de 2001. Allí creció entre las expresiones cotidianas de una familia trabajadora y el sonido de una tradición que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose en su principal camino artístico: la trova.

A sus 25 años, Juan Pablo representa una generación que reconoce el valor de las raíces sin renunciar a explorar nuevos lenguajes. Su personalidad, espontánea y reflexiva al mismo tiempo, revela a un joven que puede pasar de una conversación sobre literatura a una improvisación cargada de humor; de una confrontación trovadoresca al interés por la escritura.

Su relación con las palabras comenzó mucho antes de subir a un escenario. Durante sus años de colegio, descubrió una especial afinidad por la lengua castellana. Era observador, inquieto y riguroso con el lenguaje. Incluso recuerda haber corregido, en alguna ocasión, palabras escritas por sus profesores.

Esa curiosidad lo llevó a contemplar la posibilidad de estudiar una Licenciatura en español. Aunque su vida tomó otra dirección, nunca abandonó el interés por leer, aprender y comprender las posibilidades que existen detrás de cada palabra.

La literatura también ha sido una manera de romper con las primeras impresiones. Detrás de su humor irreverente y de sus comentarios políticamente incorrectos existe un lector atento, capaz de sorprender a quienes no esperan encontrar en él referencias literarias o profundas reflexiones sobre la existencia.

Sin embargo, para comprender verdaderamente a Juan Pablo es necesario regresar a la figura de su padre: Henry Penagos.

Conocido dentro del mundo de la trova como Peralta, fue uno de los grandes referentes en la vida de Juan Pablo. Su apodo nació después de interpretar al personaje de En la diestra de Dios Padre y terminó acompañándolo durante su trayectoria artística.

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Peralta fue un trovador respetado por sus colegas y admirado por su capacidad para improvisar. Llegó en varias oportunidades a la final del Festival Nacional de la Trova Ciudad de Medellín, obtuvo reconocimientos en otros certámenes y construyó una reputación como un competidor aguerrido, ágil y difícil de enfrentar.

Para Juan Pablo, sin embargo, fue mucho más que un artista reconocido: fue su padre, su primer referente y la persona que le mostró, sin imponérselo, el universo de la trova.

Mi papá nunca me presionó para que fuera trovador”, afirma. Su acercamiento surgió de forma natural, acompañándolo ocasionalmente a presentaciones y festivales. Desde allí observaba la reacción del público, la velocidad mental de los participantes y la fuerza que podía adquirir una idea cuando se convertía en verso improvisado.

Su primera presentación ocurrió cuando tenía aproximadamente once años. En el colegio necesitaban un trovador para un acto cívico del 20 de julio y Juan Pablo acudió a su padre. Como todavía no sabía improvisar, Peralta escribió las trovas que el niño interpretaría ante sus compañeros.

Fue una composición sencilla, pero también el comienzo simbólico de una historia que años después lo llevaría a competir en los escenarios que alguna vez contempló desde el público.

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La muerte de su padre, ocurrida hace varios años en circunstancias violentas, marcó profundamente su vida. No obstante, Juan Pablo ha procurado convertir esa ausencia en una forma de permanencia. Cada vez que improvisa, confronta a un rival o defiende una idea con carácter, algo de Peralta parece regresar al escenario.

“Muchos trovadores me han dicho que mi papá era quizá uno de los más improvisadores. A mí también me encanta la improvisación y la confrontación. Creo que ese estilo aguerrido lo heredé de él”, afirma.

Aunque muchas personas consideran que la improvisación es un talento espontáneo, Juan Pablo sabe que detrás de una buena trova existen disciplina, conocimiento y práctica.

Cuando decidió formarse seriamente, alrededor de los trece o catorce años, su padre lo llevó a una escuela de trovadores. Comenzó en Astrocol y continuó su proceso en la Fundación Descubriendo Talentos, acompañado por maestros como Orlando Velásquez y Diego Aquila.

Allí comprendió que la trova antioqueña posee reglas precisas. No se trata únicamente de hacer reír o encontrar palabras que suenen parecidas. El trovador debe manejar la métrica, diferenciar la rima asonante de la consonante, construir una idea coherente y, al mismo tiempo, responder con rapidez a aquello que ocurre en el escenario.

“La trova es muy estricta, y eso me parece muy bonito de nuestro folclor. Quienes ayudaron a construirla fueron muy perfeccionistas”, explica.

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En su caso, aprender a improvisar requirió tiempo. No fue una habilidad que apareciera inmediatamente. Debió repetir ejercicios, equivocarse, escuchar a otros y aprender a organizar sus pensamientos con velocidad. Esa perseverancia se convertiría después en una de las características más importantes de su carrera.

El Festival Nacional de la Trova Ciudad de Medellín ha ocupado durante años un lugar especial en los sueños de Juan Pablo. Más que un concurso, lo entiende como una de las mayores pruebas para quienes han elegido la trova como oficio y expresión artística.

Se ha presentado en varias oportunidades y ha avanzado por diferentes etapas del certamen. No obstante, su camino también ha estado acompañado por eliminaciones, frustraciones y momentos en los que los nervios terminaron interfiriendo con su desempeño.

Lejos de ocultar esas derrotas, habla de ellas como una parte esencial de su formación.

El temor nace, precisamente, de la importancia que tiene el festival para él. Saber que una distracción, un bloqueo o una palabra mal elegida puede apartarlo de un sueño cultivado desde la adolescencia le ha generado ansiedad. Por eso decidió trabajar no solo su capacidad de improvisación, sino también su preparación emocional.

Ha participado en espacios de formación para hablar en público, controlar la respiración y manejar mejor la energía frente a los espectadores. Asimismo, realiza ejercicios de dicción para superar las dificultades de fluidez que algunas veces aparecen al hablar.

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Entre risas cuenta que los lapiceros de su casa terminan más mordidos por sus prácticas vocales que utilizados para escribir. Es una imagen sencilla, pero reveladora: detrás de la espontaneidad que el público observa existe un artista que entrena cuidadosamente cada una de sus herramientas.

Su filosofía de preparación puede resumirse en una frase que suele recordar: entrenar con tanta intensidad que, llegado el momento de la competencia, la batalla parezca apenas otro ejercicio.

Aunque la trova es el centro de su universo creativo, Juan Pablo no desea limitarse a un solo lenguaje. La escritura, la comedia, la cuentería y la improvisación teatral han comenzado a ocupar un lugar cada vez más importante en su vida.

Le gusta escribir canciones y textos humorísticos. También ha explorado la creación de guiones, una inquietud que nació durante sus años de colegio, cuando participaba en actividades teatrales y escribía algunas de las obras presentadas por sus compañeros.

En la cuentería ha encontrado estructura narrativa; en la comedia, una posibilidad de ampliar su voz; y en la improvisación teatral, una herramienta para fortalecer la rapidez mental, la expresión corporal y la conexión con el público.

Durante un tiempo permaneció detrás de escena, colaborando con otros artistas y aprendiendo desde la observación. Ahora comienza a mostrar sus propios textos y a comprobar que muchas de esas ideas funcionan frente a una audiencia.

“Me gustaría seguir por la línea de la improvisación y la comedia, sin dejar de lado la escritura”, asegura.

Fuera de los escenarios, Juan Pablo mantiene una relación cercana con su familia. Vive con su madre y su padrastro, y tiene un hermano menor.

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Durante un periodo también estuvo al frente de un negocio familiar en una zona rural de Antioquia. Allí asumió responsabilidades administrativas y combinó el trabajo cotidiano con sus compromisos como trovador.

Juan Pablo Penagos pertenece a una tradición profundamente antioqueña, pero no quiere vivir únicamente de la nostalgia. Su propósito es respetar la herencia recibida y, al mismo tiempo, llevarla hacia nuevos escenarios.

En él conviven el trovador competitivo, el lector curioso, el escritor que ensaya ideas, el comediante que busca su propia voz y el hijo que honra la memoria de su padre. Su talento no está solamente en rimar con rapidez, sino en la capacidad de convertir la experiencia en palabra y la dificultad en carácter.

Ganar un festival continúa siendo uno de sus grandes sueños. Sin embargo, su futuro no depende exclusivamente de una corona. Con reconocimiento o sin él, Juan Pablo tiene claro que seguirá escribiendo, improvisando, haciendo comedia y aprendiendo.

Porque para él, la trova no es únicamente una competencia ni un espectáculo. Es una forma de comprender el mundo, de dialogar con sus raíces y de mantener viva una historia familiar.

Sobre el escenario ya no está solamente el niño que alguna vez repitió los versos escritos por su padre. Está un artista que ha aprendido a construir los propios y que comienza a escribir, trova tras trova, el rumbo de su destino.